Hay discos que nacen con una intención clara, casi programática. Y hay otros —más raros, más difíciles de domesticar— que emergen como fragmentos de una etapa incierta, como cápsulas de tiempo que capturan el caos antes de que alguien pueda nombrarlo. Laredo Love pertenece a esta segunda categoría.
Uno de los álbumes más emblemáticos —y al mismo tiempo más despegado— en la discografía de NIÑA finalmente encuentra una nueva vida en formato vinil, dos décadas después de su lanzamiento original. No se trata de una reedición nostálgica ni de un ejercicio de archivo oportunista. Es, más bien, la materialización física de un momento de ruptura: un disco que se grabó cuando la banda, tal como se conocía, ya no existía. Entre las canciones mas notables del disco, figuran joyas como “Sistema Perfecto” que invoca a maldecir a los cerdos fascistas, “Cápsula Beta” un viaje nostálgico a la desesperanza de la vida adulta, “9 Gigas Fantasmas” una pausa para reflexionar en el amor, el espacio fantasma de una medida imprecisa usada por el mundo computacional y la clara influencia de drogas recreaciones que fueron muy populares en los raves de finales de los 90s.
Para entender Laredo Love hay que empezar por su contexto: la disolución.
La tercera alineación de NIÑA formada por Maurizio Terracina, Luis E.G. Domínguez, Adrián y Chajoe había llegado a su fin de manera natural, casi inevitable. Terracina estaba completamente enfocado en Vaquero, un proyecto que absorbía su tiempo y energía. Luis partiría hacia lo que eventualmente se convertiría en Quiero Club. Adrián desapareció temporalmente del radar —una ausencia más emocional que logística— mientras todo lo demás se desmoronaba sin dramatismo, pero con consecuencias profundas.
En medio de ese vacío, sin un plan claro y sin la presión de “ser una banda funcional”, surge la decisión de grabar.
No como continuidad, sino como necesidad.
Yo (Chajoe) por mi parte, opto por seguir adelante con la idea de hacer música, pero desde otro lugar: más íntimo, más libre, menos condicionado por expectativas externas. Con un conjunto de canciones nuevas y otras que nunca habían visto la luz desde que cursaba la preparatoria… Me decido a confeccionar una nueva colección hiciera sentido para lanzar un nuevo album.
Ahí entra Gino, una figura clave que conecta el pasado con esta nueva etapa. Amigo cercano desde los años de preparatoria, Gino no era un elemento externo sino una presencia latente desde el origen mismo del proyecto. De hecho, formó parte de la primera alineación tentativa de lo que todavía no se llamaba NIÑA, en sesiones donde ya comenzaban a tomar forma canciones como “Rhinos”.
Su participación no era una incorporación: era un regreso pendiente.
Antes de Laredo Love, Gino ya había colaborado en la grabación de “Chubaca Tiene un Secreto”, incluida en el álbum R.o.c.k.. Pero es aquí donde su rol se vuelve estructural. Se suma en el bajo y, más importante aún, como productor creativo en un proceso que pronto dejaría de ser una colección de ideas dispersas para convertirse en un cuerpo de trabajo más ambicioso.
Lo que sigue es menos una grabación convencional y más un laboratorio.
Las canciones comienzan a surgir sin un marco definido. No hay presión por escribir sencillos, ni por seguir estructuras tradicionales. De hecho, muchas de las piezas en Laredo Love rechazan abiertamente la lógica del “verso-coro-verso”. En su lugar, se construyen como ensamblajes: riffs que aparecen y desaparecen, melodías que se desplazan sin resolución evidente, secciones que funcionan más como atmósferas que como partes funcionales de una canción.
No es desorden. Es otra forma de orden.
En ese proceso, Adrián regresa a la banda. Su incorporación no es la de un miembro que retoma un lugar, sino la de alguien que entra a intervenir un organismo en construcción. Su aporte se siente en los detalles: solos, arreglos vocales, coros que emergen en lugares inesperados, y riffs que eventualmente se volverían parte del imaginario más reconocible de la banda.
Ese mismo año, 2003, se suma Iván Mendiola en la batería. Su llegada termina de consolidar una nueva dinámica. Iván no sólo compartía el contexto generacional —era parte del mismo círculo de amigos con quienes la banda creció, entre escuela, carne asada y noches interminables de caguamas y tecates— sino que aportaba una energía directa, sin pretensión, que encajaba perfectamente con el espíritu del proyecto.
Con esta formación, Laredo Love deja de ser un experimento individual para convertirse en una obra colectiva.
Pero lo que realmente define al disco no es su alineación, sino su contexto histórico.
A principios de los 2000, el rock independiente en México atravesaba una de sus etapas más inestables. La piratería había erosionado el modelo económico de la industria musical hasta el punto de hacerlo prácticamente inviable. Las disqueras tradicionales operaban con una mezcla de inercia y desesperación, mientras que las bandas independientes navegaban un terreno donde las reglas ya no aplicaban, pero tampoco había nuevas certezas.
En ese vacío, surgieron discos como Laredo Love: trabajos que no respondían a tendencias ni a expectativas de mercado, sino a impulsos más inmediatos, casi instintivos.
La falta de estructura en las canciones no es una limitación: es un reflejo directo de ese momento. La música no busca encajar, busca existir. Y en ese intento, encuentra una identidad que, con el tiempo, se volvería fundamental para entender la evolución de NIÑA.
Sin embargo, el destino del disco no sería inmediato.
En medio de la grabación, surge una oportunidad inesperada: desarrollar un nuevo proyecto con una orientación más accesible, más cercana al pop. Ese proyecto se convertiría en Punk Robot. Ante la magnitud de esa apuesta, Laredo Love es pausado y, eventualmente, archivado.
No abandonado, pero sí postergado.
Durante ese periodo, la banda se enfoca en completar Punk Robot, explorando un enfoque distinto de composición, producción y presentación. Una vez terminado ese ciclo, el regreso a Laredo Love no ocurre por obligación contractual ni por estrategia de carrera, sino por algo mucho más simple: gusto personal.
El disco se retoma como un proyecto que necesitaba existir, aunque no encajara en ningún plan.
Finalmente, Laredo Love se convierte en el primer lanzamiento de Happy-Fi Records, sello que en 2005 operaría como sub-sello de EMI. Su aparición en ese contexto le dio una plataforma, pero nunca le quitó su carácter de anomalía dentro del catálogo.
Hoy, veinte años después, el lanzamiento en vinil no sólo responde a una lógica de coleccionismo. Es una forma de recontextualizar el álbum, de darle un peso físico a algo que siempre fue más etéreo, más difícil de fijar.
Escuchar Laredo Love en vinil obliga a otra relación con el tiempo. Cada lado del disco se convierte en una narrativa propia. Los silencios pesan distinto. Las transiciones —que antes podían parecer accidentales— adquieren una intención nueva. Lo que alguna vez sonó como un collage improvisado ahora revela una coherencia más profunda.
No es que el disco haya cambiado. Es que ahora hay distancia suficiente para entenderlo.
En retrospectiva, Laredo Love no sólo documenta un momento de transición dentro de NIÑA. También anticipa muchas de las decisiones estéticas que definirían su trayectoria posterior: la libertad estructural, la mezcla de intuición y experimentación, la resistencia a encasillarse dentro de un solo lenguaje.
En una carrera de más de 30 años, donde la banda ha atravesado múltiples transformaciones —tanto musicales como industriales—, este álbum permanece como una especie de núcleo creativo: un recordatorio de lo que ocurre cuando no hay nada que perder y, por lo tanto, todo es posible.
El vinil de Laredo Love no es un objeto retro. Es una pieza viva.
Una joya en bruto que, lejos de pulirse con el tiempo, ha aprendido a brillar precisamente por sus imperfecciones.
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